El estudio medía exactamente cuatro metros por tres. Las paredes estaban forradas con paneles de espuma acústica de alta densidad, de un gris plomizo que absorbía cualquier eco y convertía el espacio en una cámara sorda, estéril, protegida de los ruidos del mundo exterior. En el centro, una mesa de mezclas de seis canales brillaba bajo la luz cenital de un foco LED.
Mateo ajustó los auriculares sobre sus orejas con un movimiento mecánico, ensayado a lo largo de cientos de emisiones. Comprobó los vúmetros en la pantalla del ordenador. Todo estaba en verde. Los niveles de voz eran perfectos.
A través del cristal insonorizado del locutorio, la ciudad de Madrid se extendía difuminada por el calor de la tarde, ajena por completo a lo que estaba a punto de grabarse.
Aquella tarde llevaba varios minutos revisando el expediente del caso de la urbanización Los Olivos. Había leído los informes policiales, las declaraciones de los testigos y las noticias publicadas durante las últimas semanas. El asesinato de una joven de veintidós años había provocado una enorme conmoción y, como suele ocurrir en esos casos, los medios habían encontrado rápidamente varios culpables: la policía, la falta de iluminación de la zona, la seguridad de la urbanización, las autoridades.
Mateo pensaba que todo aquello era demasiado sencillo. O, mejor dicho, que era demasiado sencillo para él.
Su podcast había perdido algo de audiencia durante los últimos meses. No era una caída preocupante, pero sí suficiente para que comenzara a buscar un asunto capaz de devolverle el protagonismo. Había construido su reputación precisamente sobre eso: decir aquello que otros no se atrevían a decir.
A veces ni siquiera estaba seguro de creer en sus propias provocaciones. Pero eso no importaba, porque lo importante era que sonaran convincentes.
Se colocó los auriculares, comprobó los niveles y acercó la boca al micrófono.
—Bienvenidos una semana más a Detrás del Archivo, el espacio en el que intentamos separar los hechos de todo ese ruido que suele aparecer alrededor de los casos mediáticos.
Hizo una pausa.
Miró la pantalla.
El número de espectadores comenzaba a subir.
—Hoy vamos a hablar del caso de Los Olivos.
Durante los primeros minutos se limitó a cuestionar la investigación policial. Lo hacía con la seguridad habitual, citando datos y señalando contradicciones que sus seguidores ya esperaban escuchar. Mateo sabía presentar una opinión como si fuera una conclusión inevitable.
Su compañero intentó introducir alguna matización.
Mateo lo dejó hablar. Después sonrió.
—Sí, pero creo que estamos olvidando algo.
Se inclinó ligeramente hacia el micrófono.
—Estamos hablando de una mujer que salió sola de madrugada por una zona oscura, con los auriculares puestos y el teléfono en la mano. ¿De verdad nadie considera relevante esa decisión?
Hubo un silencio incómodo.
—Mateo —intervino su compañero—, una cosa es hablar de prevención y otra decir que la víctima tuvo responsabilidad en lo que le ocurrió.
Mateo giró la cabeza.
—Yo no he dicho eso.
—Acabas de decir que no puso de su parte.
—He dicho que ignoró señales de peligro.
—Porque no podía saber lo que iba a ocurrir.
Mateo se acomodó en la silla.
La discusión estaba empezando a gustarle.
—Precisamente por eso existe la prevención. Si conocemos los riesgos, tenemos que actuar en consecuencia.
Su compañero negó con la cabeza.
—No puedes utilizar la prevención para justificar un asesinato.
—Y tú no puedes utilizar la emoción para impedir un análisis.
Aquella frase le pareció especialmente buena. Sabía que al día siguiente aparecería en varios titulares.
Continuó hablando.
Explicó lo que, desde su perspectiva, habían sido errores de la víctima. Habló de responsabilidad individual, de señales de alerta y de decisiones que podían haber reducido el riesgo.
En algún momento dejó de hablar del caso y empezó a hablar de sí mismo. De lo poco que le importaba resultar agradable, de que él no estaba allí para consolar a nadie, de que los hechos no tenían sentimientos.
Cuando terminó, el chat estaba completamente fuera de control. Mateo lo observó mientras se quitaba los auriculares. Cientos de mensajes aparecían uno detrás de otro.
Qué vergüenza.
No puedes decir eso.
Estás culpando a una chica asesinada.
Ojalá algún día tengas que sentir lo mismo.
Mateo frunció el ceño. Durante unos segundos pareció sorprendido y después miró el contador de audiencia. Treinta y cuatro mil personas habían estado escuchándolo en directo. Sonrió satisfecho.
—Ha funcionado.
Su compañero lo miró.
—¿Eso es lo único que te importa?
Mateo apagó el piloto rojo del micrófono.
—Lo único que me importa es que la gente escuche.
Recogió sus cosas y salió del estudio.
A unos quince kilómetros de allí, una persona detenía la reproducción del programa. Pero volvió a reproducir el fragmento, escuchando otra vez la voz de Mateo. Después de varias escuchas, detuvo el audio, guardó el teléfono y esperó.
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