Los primeros minutos los pasó intentando encontrar un patrón.
Mateo examinó la mesa de mezclas, las paredes, los cables, el ordenador. Buscó números, fechas, cualquier detalle que pudiera funcionar como código.
Era lo que sabía hacer; convertir el miedo en un problema y los problemas podían resolverse.
—Tiene que haber algo.
El cronómetro continuaba avanzando: 7:43.
Mateo comenzó a sudar.
—Vamos…
Intentó recordar el programa, el caso, las declaraciones, las fechas. Pero nada. Entonces la pantalla cambió y apareció una fotografía, era la joven de Los Olivos.
Mateo apartó la mirada.
—No
La imagen desapareció; apareció otra, la de su madre; después otra, la de la calle donde habían encontrado el cuerpo.
Mateo comenzó a respirar con dificultad.
—No quiero ver esto
—Pero hablaste de ello— La voz volvió a hablar.
—No sabía que…
Se detuvo. La voz parecía esperar.
—¿Qué no sabías?
Mateo no contestó.
En la pantalla apareció un nuevo texto.
¿Dónde falló el cálculo?
Mateo miró el cronómetro: 5:21.
—No hay cálculo
—Tú dijiste que lo había— Replicó la voz.
—Era un análisis
—Era una sentencia
Mateo negó con la cabeza.
—No, no lo era
La pantalla mostró la fotografía de la madre. Esta vez acompañada de una grabación de una mujer llorando, hablaba de su hija. Decía que seguía esperando escuchar la llave en la puerta. Que algunas noches se despertaba convencida de que iba a encontrarla en la cocina. Que todavía no sabía cómo acostumbrarse a una casa en la que faltaba alguien.
Mateo había escuchado aquella entrevista cuando preparaba el programa. Entonces había pensado que era un testimonio emotivo, pero ahora no podía apartarse de él.
La mujer lloraba. Mateo también.
—Apágalo
La grabación continuó.
—Por favor— Mateo estaba realmente desesperado.
Pero la grabación no se detuvo y Mateo empezó a tirar de las bridas.
—¡APÁGALO!
La voz de la mujer se mezcló con su propia respiración. El cronómetro llegó a cero, la pantalla se apagó, Mateo permaneció inmóvil.
La habitación quedó a oscuras y durante un largo rato solo se escuchó su respiración.
Mateo había perdido. No sabía qué prueba había tenido que superar, ni sabía cuál era la respuesta; y eso era lo que más miedo le daba. Toda su vida había construido su seguridad alrededor de una idea sencilla: si entendía algo, podía controlarlo.
Ahora no entendía nada. Y por primera vez, aquella certeza no le parecía una virtud, le parecía una mentira.
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