Durante mucho tiempo tuve la sensación de que algo no encajaba, pero no sabía exactamente qué era. No era algo evidente desde fuera; de hecho, si alguien me miraba probablemente habría dicho que todo estaba más o menos en orden. Estudiaba, trabajaba, hablaba con la gente, tomaba decisiones… hacía todo lo que se supone que hace un adulto cuando su vida avanza. Y, sin embargo, había una especie de desajuste silencioso que me acompañaba siempre, como si estuviera participando en una partida cuyas reglas nunca terminé de entender.
La mayoría de las personas parecen tener una brújula interna que les indica hacia dónde ir, qué quieren, qué les gusta, qué cosas cruzan una línea que no se debería cruzar. Yo, en cambio, aprendí muy pronto a orientarme mirando a los demás. Observaba, imitaba, probaba. Si algo parecía importante para el resto, intentaba que también lo fuera para mí. Si alguien reaccionaba de cierta manera, asumía que probablemente esa era la forma correcta de reaccionar.
Con el tiempo desarrollé una habilidad bastante útil: podía funcionar. Y funcionar bien, además. Lo suficiente como para que nadie sospechara que, en realidad, muchas de mis decisiones eran más un ejercicio de adaptación que una expresión de algo propio.
El problema de vivir así es que llega un momento en el que empiezas a hacerte preguntas muy básicas para las que no tienes respuesta. ¿Esto lo quiero de verdad o simplemente lo estoy repitiendo? ¿Esta reacción es mía o es algo que aprendí a representar? ¿Dónde empieza lo que soy y dónde termina lo que he construido para no fallar? Porque cuando eres adulto aparece una presión silenciosa que lo cambia todo: se supone que ya deberías saber quién eres. Ya deberías tener claras ciertas cosas. Ya no hay espacio para decir que estás perdido.
Así que sigues adelante. Sigues funcionando, cumpliendo, resolviendo problemas, tomando decisiones. Desde fuera parece que todo marcha como debe ser, pero por dentro se instala una sensación extraña, como si estuvieras habitando tu vida solo a medias. No es necesariamente un caos visible ni un desastre permanente; muchas veces es algo mucho más discreto: una desconexión difícil de explicar, una sensación persistente de estar actuando en lugar de vivir.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era no haber encontrado mi lugar en el mundo, como si en algún sitio existiera una versión de la vida que por fin encajara conmigo. Pero con el tiempo empecé a sospechar algo distinto: tal vez no se trataba de encontrar un lugar que ya existía, sino de aprender a construir uno propio.
Y esa idea da miedo, porque implica renunciar a muchas certezas y aceptar que nadie puede darte un mapa completo. Pero también abre una posibilidad nueva: si el problema no era no encajar, sino no saber todavía quién estaba intentando encajar, entonces quizás el camino no consistía en seguir copiando movimientos, sino en empezar, por fin, a descubrir los propios.

“El hijo del hombre” - Magritte
Porque a veces la sensación de que algo no encaja no es el problema: es la primera señal de que tu vida está esperando a que empieces a construirla tú.