Me gustaría escribir hoy sobre lo positivo que es mantener una buena actitud, una buena predisposición. Me encantaría decirte que hoy soy la persona que siempre quise ser y que todo es luz. Me encantaría poder expresar todo lo que tengo de forma que sirva de ejemplo a alguien que esté mal. Pero estaría faltando a la verdad.
Mi proceso ha sido largo. Llevo muchos años sorteando el peor de los finales, buscando alicientes para continuar el camino y viendo el lado bueno de las cosas para mantenerme focalizada en recuperarme; pero con todo y con eso, siento que en varias ocasiones no soy yo la que maneja mi vida.
Existes porque te dicen que debes estar. Te dicen que si tú faltas, todo fallará, y que, si no estás, varias personas se verán perjudicadas. Piensan en cómo tu decisión te hará culpable del malestar de otros. Y siempre son otros, pero casi nunca eres tú. Casi nadie te pregunta cómo estás tú o qué necesitas. Te animan a permanecer viva como una obligación moral y, en muchas ocasiones, lo único que quieres es parar el dolor.
Puedo entender que algunas personas piensen que esto es mucho más sencillo de curar que una enfermedad “más grave”. Muchos pensarán que tengo más suerte que otros, que todo es propicio, o se atreverán a decir que esto pasa porque no se ha sufrido algo “grave” de verdad. Os entiendo y agradezco la intención. Pero si fuera eso, si solo fuera eso, sería de las personas más felices del mundo por todo lo que tengo.
Quiero dirigirme a vosotros de forma que entendáis que el dolor que tengo dentro no se cura: se vive con él, sin más. Os voy a hacer un símil:
Imagina que siempre llevas contigo una piedra en el zapato. Te los cambias, revisas, te vuelves un poco “loco” buscando la dichosa piedra. Es molesta y llega un punto en el que ya no puedes más. Decides dejar de caminar porque la piedra se clava cada vez que das un paso, y piensas que es mejor quedarte ahí porque no te apetece que te duela el pie. Así van pasando días y meses. Notas la piedra al menor atisbo de actividad. Es insoportable. Un día, mientras te acaricias el pie, te das cuenta de que la piedra está dentro, detrás de tu piel, y no es posible quitarla sin intervenir.
De haberlo sabido antes, habrías ido al médico para solucionarlo. Entonces vas, te intervienen y pasas meses horribles de rehabilitación, pero el médico te dice que, por la zona en la que está, quedará una grandísima cicatriz que a veces te molestará. Te dice que es importante que sigas caminando para recobrar tu vida, aunque la zona quede sensible y estés el resto de tu vida con esa molestia. No hay nada ahora mismo en el mercado para quitar el dolor ni borrar la cicatriz. Tendrás que hacer mucho trabajo propio, pero seguro que puedes. El médico quiere que pienses en todo lo que tienes, ya que muchas otras personas no cuentan con ayuda ni recursos. Eres afortunado.
Esto es un problema físico, sencillo de imaginar porque todos hemos tenido una dolencia física. Pero una mental, no todo el mundo la ha tenido. Por eso es difícil entender el alcance del trabajo que requiere vivir así. A veces lo intentas tanto que, aun así, no puedes. Y no es que no quieras: es que no puedes.
Mi texto de hoy va para el “espectador”, para la persona con un familiar o allegado que sufre de depresión, que tiene una adicción, que escucha voces que no le dejan dormir, que no puede parar de pensar o que no soporta el ruido de la electricidad. Te pido calma, paciencia, amor y que cuides también de tu salud mental, porque a veces, cuando ayudas a otros y no lo gestionas, puede crecerte una piedra en el pie.
Os abrazo a todos, muy fuerte.
