(INSOMNE) Capítulo 10: El despertar

Desperté antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos no supe dónde estaba. El techo era el de mi habitación, y la luz de la persiana era gris y…

(INSOMNE) Capítulo 10: El despertar

Desperté antes de que sonara la alarma. Durante unos segundos no supe dónde estaba. El techo era el de mi habitación, y la luz de la persiana era gris y débil, de esas que no dejan saber si es muy de madrugada o si el día apenas empieza. Me quedé tumbado e inmóvil, esperando alguna imagen o alguna voz que me explicara qué había pasado, pero no hubo nada. Solo mi respiración lenta y regular.

Me incorporé. Había dormido, aunque no sabía cuánto. Miré el reloj y marcaba las ocho y dieciséis. Hacía muchísimo que no dormía tanto. Me senté en la orilla de la cama y por un momento esperé escuchar los pasos en el pasillo, tres pasos seguidos de una pausa y dos más, y luego la voz llamándome por mi nombre. Pero la casa estaba en completo silencio.

Fui hasta la cocina. La taza estaba en su sitio, dentro del armario. La puerta de la nevera estaba cerrada, y la tarjeta del terapeuta seguía sujeta con el mismo imán. La cogí, le di la vuelta y vi que no había nada escrito detrás. Pensé en mi madre, en todas las conversaciones que creía haber tenido con ella en las últimas semanas, en sus mensajes y en las veces que parecía saber exactamente qué rondaba por mi cabeza.

Saqué el teléfono y abrí el chat. Su nombre seguía allí. Había mensajes acumulados, pero al leerlos con atención me di cuenta de que muchos no tenían respuesta, otros los había escrito yo y los había olvidado, y otros tantos los había dado por recibidos sin ser verdad. Las preguntas de siempre, como si estás bien o que te llame cuando pueda, estaban ahí, pero ninguna era suya. Desplacé la pantalla hacia arriba y vi meses y años vacíos. El número que creía suyo, realmente ni siquiera existía.

Me dejé caer en una silla. Al principio creí que era un error, pero entonces recordé el cementerio, la lápida, el nombre y la fecha. Comprendí lo que mi mente llevaba semanas intentando esquivar: mi madre llevaba muerta muchos años. No había hablado con ella, ni me había escrito, ni había venido a verme. Todo aquello había ocurrido dentro de mi cabeza.

No sentí miedo de inmediato, ni tampoco tristeza. Solo un cansancio viejo y pesado, como si llevara mucho tiempo cargando con algo invisible. Vi la moneda sobre la mesa, la cogí y la hice girar entre los dedos.

Durante un tiempo había pensado que tenía que descubrir qué significaba. Ahora empezaba a comprender que quizá nunca había significado nada por sí misma. Había sido una moneda. Lo demás lo había puesto yo.

Me vestí y salí de casa sin saber muy bien a dónde iba. Solo tenía una idea: quería volver a ver al hombre de la exposición.

La sala municipal estaba cerrada cuando llegué. Pregunté a una de las personas que estaban desmontando las mesas por el hombre mayor con gafas. La mujer pensó unos segundos y me dijo que creía que estaba dentro.

Lo encontré en una sala pequeña, rodeado de cajas. Cuando me vio, sonrió.

—Tú.

Metí la mano en el bolsillo, saqué la moneda y la dejé sobre la mesa. El hombre la miró durante unos segundos sin tocarla.

—¿Qué haces con ella?

—Te la devuelvo.

—¿Por qué?

No supe qué responder. Durante mucho tiempo había pensado que aquella moneda me conduciría hasta una respuesta, que me explicaría a mi padre, a mi madre y a mí mismo. Ahora sabía que no podía hacer ninguna de esas cosas.

—Porque creo que ya no la necesito.

El hombre levantó la mirada.

—¿Estás seguro?

Asentí.

Cogió la moneda entre los dedos y la observó una última vez.

—Él tampoco quería desprenderse de ella.

—Lo sé.

—Entonces quizá sea mejor que la conserves.

Negué con la cabeza.

—No. Él la conservó demasiado tiempo.

El hombre no dijo nada. Guardó la moneda en la palma de la mano y me despedí.

Al salir, el aire frío me golpeó la cara. La ciudad seguía exactamente igual. Los coches pasaban, la gente caminaba deprisa, una mujer discutía por teléfono y un hombre esperaba en un paso de peatones con un niño de la mano.

Me detuve al llegar a una plaza. El niño llevaba una pelota, corrió detrás de ella y tropezó. El hombre se agachó inmediatamente y le tendió la mano. El niño se levantó. No había sangre, no había gritos, no había miedo. Solo una mano que ayudaba a levantarse a un niño.

Los observé durante unos segundos y continué caminando. Por primera vez en mucho tiempo no sentía que estuviera huyendo de ningún sitio.

Cuando llegué a casa eran las diez y cuarto. Entré en mi habitación, dejé el teléfono sobre la mesilla, apagué la luz y me tumbé. Esperé. Nada. Ni voces, ni pasos, ni mi madre llamándome desde el pasillo. Solo el sonido lejano de la ciudad.

Cerré los ojos. Y entonces apareció algo que casi había olvidado cómo se sentía: sueño.

Sonreí antes de quedarme dormido. Por primera vez en treinta años, no tuve miedo de cerrar los ojos.

final

© 2026 Lourdes García Morán. Todos los derechos reservados.
Insomne es una obra de ficción original. Queda prohibida la reproducción, distribución o transformación de este texto, total o parcialmente, sin autorización expresa de la autora.

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