(INSOMNE) Capítulo 7: El periódico

La noticia ocupaba una esquina pequeña de la página, casi escondida entre la programación cultural del fin de semana y un anuncio de una exposición de…

(INSOMNE) Capítulo 7: El periódico

La noticia ocupaba una esquina pequeña de la página, casi escondida entre la programación cultural del fin de semana y un anuncio de una exposición de pintura que no me interesaba.

EXPOSICIÓN NUMISMÁTICA — PIEZAS Y COLECCIONES DE LA CIUDAD.

No sé por qué me detuve.

Quizá porque llevaba varios días pensando en aquella moneda. La había encontrado en el suelo de mi casa, aunque cada vez me resultaba más difícil recordar exactamente dónde. Había algo en ella que me incomodaba. No era especialmente antigua ni parecía tener un valor extraordinario. Era pequeña, oscura, gastada en los bordes, con unas marcas que apenas conseguía distinguir cuando la miraba bajo una luz demasiado fuerte.

Sin embargo, desde que la había guardado en el bolsillo, tenía la sensación absurda de que no era yo quien había encontrado la moneda.

Era como si la moneda me hubiera encontrado a mí.

Doblé el periódico y me lo llevé conmigo.

La exposición estaba instalada en una sala municipal que olía a madera vieja y a calefacción. Había varias mesas cubiertas con vitrinas y, detrás de ellas, hombres y mujeres que hablaban de fechas, acuñaciones, metales y lugares que no significaban nada para mí. Yo avanzaba despacio, mirando sin saber muy bien qué buscaba.

Hasta que la vi.

No era exactamente igual a la mía.

Era la misma.

La reconocí antes de acercarme. El dibujo, el desgaste en uno de los lados, aquella pequeña irregularidad en el borde que hasta entonces había pensado que era una casualidad. Sentí un calor repentino en la palma de la mano y metí los dedos en el bolsillo para tocar la que llevaba conmigo.

—¿Puedo preguntarle por esa moneda?

El hombre que atendía la mesa levantó la mirada.

Era mayor, probablemente cerca de los setenta, aunque tenía esa clase de rostro que hacía imposible calcular una edad concreta. Llevaba gafas finas y una chaqueta de punto. Me explicó durante unos minutos lo que yo ya había imaginado: la moneda no era excepcional, pero sí tenía unas características que la hacían reconocible dentro de determinadas colecciones privadas.

Yo saqué la mía.

La dejé sobre la mesa.

El hombre dejó de hablar.

La cogió entre los dedos y la acercó a la luz.

—¿Dónde has conseguido esto?

—La encontré.

—¿Dónde?

No respondí inmediatamente.

Él volvió a mirarla y después me miró a mí.

—Es curioso —dijo.

—¿Qué?

—Que me recuerde a alguien.

Sentí que algo se desplazaba dentro de mí. No sabría decir qué. No fue miedo exactamente. Era una especie de reconocimiento anticipado, como cuando uno escucha una canción que no recuerda haber escuchado nunca y, sin embargo, sabe perfectamente cómo continúa.

—¿A quién?

El hombre sostuvo la moneda un momento más antes de devolvérmela.

—A un hombre que venía mucho por aquí. Bueno, por los antiguos mercadillos. Hace muchísimo tiempo. Treinta años, quizá algo más.

—¿Y se parecía a mí?

Sonrió con cierta incomodidad.

—Sí.

La respuesta llegó demasiado rápido.

—¿Mucho?

Esta vez tardó unos segundos.

—Bastante.

Me quedé mirándolo.

—¿Era de aquí?

—Sí. De la ciudad. Solía venir a intercambiar monedas. No compraba demasiado. Le interesaba más cambiar unas por otras. Tenía una colección bastante peculiar.

—¿Cómo se llamaba?

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—No lo recuerdo.

Mentía o, al menos, estaba intentando recordar. Lo vi hacer un esfuerzo por reconstruir una imagen que llevaba décadas guardada en algún lugar de su memoria.

—Pero recuerdo su cara —añadió—. Y recuerdo que tenía una mirada muy cansada.

No dije nada.

—Era un hombre con el semblante pesado. ¿Sabes lo que quiero decir?

Asentí.

—Parecía llevar algo encima todo el tiempo. Como si no pudiera relajarse nunca. Más ansioso de lo normal. En aquella época pensé que simplemente tendría problemas en casa.

Me costó respirar con normalidad.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

El hombre volvió a mirar la moneda.

—Creo que fue poco después de que desapareciera del circuito. Tendría unos treinta y tantos años. Quizá algo más.

Pero entonces se detuvo en seco y frunció el ceño, haciendo memoria.

—Ah, espera

Levantó la mirada.

—Recuerdo una cosa.

—¿Qué?

—La edad.

Frunció el ceño todavía más.

—Tenía treinta y nueve años la última vez que lo vi.

—¿Está seguro?

—Sí. Eso sí lo recuerdo. Treinta y nueve.

Bajó de nuevo la mirada hacia la moneda.

—¿Y le dijo algo que le llamara la atención?

—Que llevaba semanas sin dormir.

Sentí un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta los brazos.

El hombre continuó hablando con naturalidad, sin darse cuenta de lo que cada palabra estaba haciendo conmigo.

—Me dijo que estaba muy cansado. Recuerdo una cosa porque me llamó la atención. Me dijo que lo que más pena le daba era no poder jugar con su hijo durante el día.

—¿Por qué no podía?

—Porque no tenía fuerzas. Así lo dijo. Que por las noches no conseguía dormir y durante el día no podía con su alma.

Miré hacia la sala.

De repente, las voces de los visitantes parecían venir de muy lejos.

—¿Tenía un hijo?

—Sí.

El hombre me miró.

—Pequeño. Creo que todavía era un niño.

No supe qué responder.

—También me habló de su mujer —continuó—. Eso sí lo recuerdo mejor.

Esperé.

—Dijo que últimamente la veía extraña. Que estaba demasiado dura con el niño. No sé exactamente qué quiso decir con eso. Me comentó que tenía miedo de que estuviera siendo demasiado severa con él.

—¿Le tenía miedo?

—No sé si miedo. Preocupación, quizá.

—¿Y qué pasó después?

El hombre bajó la voz.

—No lo sé.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos.

—Dejó de venir.

—¿Sin más?

—Sin más.

Pensé en todas las veces que alguien puede desaparecer de la vida de otra persona sin que nadie pregunte demasiado. Una cara que deja de aparecer en un mercadillo, una conversación que se interrumpe, una colección que quizá queda abandonada en un cajón. Treinta años eran demasiado tiempo para conservar un recuerdo y, sin embargo, aquel hombre había reconocido mi cara en cuanto me había visto.

—¿Está seguro de que era él?

—¿Él quién?

La pregunta me sorprendió.

Miré la moneda.

—El hombre que conoció.

El expositor sonrió ligeramente.

—Estoy seguro de que era ese hombre. Lo que no estoy seguro es de qué fue de él.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Y esta moneda?

Señalé la que había dejado sobre la mesa.

El hombre volvió a cogerla.

La examinó por delante y por detrás.

—Esta la recuerdo.

—¿La recuerda?

—Sí.

Su expresión había cambiado.

—Él la tenía.

Noté que algo se cerraba alrededor de mi pecho.

—¿Y por qué no la cambió?

El hombre soltó una pequeña risa.

—Porque no quería.

—¿Nunca?

—Nunca.

Se quedó pensando.

—Recuerdo que intenté convencerlo varias veces. Tenía otras piezas que me interesaban y él sabía que podía conseguirlas por ella. Pero siempre decía que no.

—¿Por qué?

—Nunca me lo explicó.

Guardó silencio unos instantes.

—Una vez le pregunté directamente. Me dijo que esa moneda no se daba.

—¿No se vendía?

—No. No se daba.

Sentí el peso de la moneda en el bolsillo, aunque ya no la estaba tocando.

—¿Y sabe por qué?

El hombre negó con la cabeza.

—No.

Después volvió a mirarme.

Esta vez lo hizo durante demasiado tiempo.

—Es extraño.

—¿Qué?

—Que la tengas tú.

No respondí.

—¿De dónde has sacado esa moneda?

La pregunta quedó suspendida entre los dos.

Por un instante pensé en inventar una respuesta. Podía decir que la había comprado, que la había encontrado en una tienda, que alguien me la había dado. Cualquier cosa que terminara con aquella conversación y me permitiera salir de allí.

Pero miré al hombre.

Y entonces comprendí que ya no quería mentir.

Me metí la mano en el bolsillo y cerré los dedos alrededor de la moneda.

—Yo soy ese niño.

El hombre no dijo nada.

Solo me miró.

periodico© 2026 Lourdes García Morán. Todos los derechos reservados.
Insomne es una obra de ficción original. Queda prohibida la reproducción, distribución o transformación de este texto, total o parcialmente, sin autorización expresa de la autora.

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