Hay un nudo muy específico en el estómago minutos antes de entrar por primera vez a una consulta de psicología. Sentados en la sala de espera, repasamos mentalmente nuestra historia para ordenarla. Queremos que tenga sentido, evitar parecer demasiado rotos y demostrar que somos buenos pacientes.
Es un acto reflejo tras pasar la vida rindiendo cuentas. Intentamos encajar en el trabajo y sostener a la familia sin desentonar. Al decidir pedir ayuda, el instinto nos empuja a hacer lo mismo frente al profesional y nos ponemos la máscara.
Llegamos a terapia con la batería social al límite, pero gastamos la poca energía restante en agradar a la persona de enfrente. Suavizamos el dolor para no incomodar, asentimos a cosas que no entendemos del todo y reprimimos el llanto por vergüenza.
Me gustaría que entendieras algo, que es esencial para que funciones: la terapia no es un examen. No hay notas a final de mes ni premios para quien sana más rápido. La consulta es el único lugar de la semana con permiso absoluto para ser un desastre y no tener respuestas. No necesitas impresionar al terapeuta.
La honestidad para forjar una buena relación terapéutica
Sabes que has encontrado un buen espacio prestando atención a tu propia coraza. Si sales de la sesión con fatiga mental por haber estado actuando, algo falla.
La persona adecuada cuando no decide por ti. Respeta tus ritmos y no te fuerza a hablar de temas dolorosos si no estás preparado.
Y la prueba definitiva: te deja quejarte. Si algo de lo que dice te molesta, puedes decirle abiertamente que no te ha gustado. Un buen terapeuta no se pondrá a la defensiva, sino que usará esa incomodidad para seguir trabajando.
También es altamente recomendable, que seas lo más honesto posible con lo que te sucede, hablar sobre tus síntomas y priorizar los temas que son fundamentales para sentir bienestar inmediato. Desde un punto más “en calma”, el trabajo terapéutico resulta de mucho provecho.
El proceso empieza cuando nos atrevemos a ser honestos. Si no podemos mostrarnos vulnerables, quejarnos y enseñar la herida en consulta, difícilmente lo haremos fuera.
Y una última cosa que quería decirte, desde mi experiencia como paciente, y me gustaría ser honesta. El terapeuta no va a arreglar tus problemas, no te va a dar un manual de instrucciones. Quiero que entiendas, que lo que hará es sentarse a tu lado mientras intentas ponerte un poco en orden. Te acompañará con paciencia para que mires aquello que llevabas años evitando. Lo que de verdad asusta es darte cuenta de que, una vez ves todo eso, el peso de decidir qué hacer a continuación es exclusivamente tuyo, pues exige desaprender lo interiorizado para sobrevivir en el exterior.
