¿Qué dice lo que dicen de mí?
¿O qué creo yo que dice de mí lo que dicen de mí?
Parece lo mismo, pero no lo es.
Una cosa es lo que otros piensan, interpretan o quieren creer. Otra muy distinta es lo que yo construyo a partir de eso. Porque lo que dicen de mí no habla tanto de quién soy, sino de cómo me ven desde su propio filtro.
Y ese filtro no lo controlo.
No puedo —ni debo— entrar en la mente de los demás para corregir su versión de mí. Siempre habrá interpretación. Y luchar contra eso es, en el fondo, una batalla perdida.
Además, ni siquiera es fácil definirse a uno mismo. Nuestra identidad cambia, se mueve, se contradice. A veces no sabemos qué nos impulsa o por qué defendemos ciertas cosas. Y, aun así, sentimos la presión de ser algo… y de ser aceptados.
Pero lo que dicen de mí no me define. No es una sentencia. No es una verdad absoluta.
Es un instante: una palabra, un gesto, una interpretación. Y si dejo que eso me invada, puede convertirse en una herida innecesaria… porque, en el fondo, sé que no soy solo eso.
Entonces, ¿quién soy?
Soy muchas versiones, sí. Pero, sobre todo, soy la versión que elijo alimentar cada día.
Aquí es donde entra en juego algo importante: la flexibilidad mental.
Los demás interpretan. Yo interpreto. A veces me duele, reacciono, exploto. Incluso puedo llegar a pensar que solo ven lo negativo en mí. Y entonces hago algo muy humano: saco la culpa fuera… y la sumo a la que ya llevaba dentro.
Y todo se vuelve más pesado.
Pero la incomodidad también puede ser una puerta. Me obliga a parar y preguntarme:
¿Y si no es así? ¿Y si no es un ataque? ¿Y si hay otra forma de entenderlo?
Esta forma de cuestionar la interpretación automática conecta directamente con lo que propone la Terapia Dialéctico-Conductual: aprender a observar sin juzgar, a no reaccionar impulsivamente y a sostener dos ideas aparentemente opuestas al mismo tiempo.
Puedo sentir que me han herido… Y, a la vez, aceptar que quizá no hubo intención de hacer daño. Puedo notar enfado… Y elegir no actuar desde él.
Eso es regulación emocional. Eso es tolerancia al malestar. Eso es construir una mente más flexible.
A veces, la mejor opción será hablar: expresar cómo me siento, escuchar al otro, acercar posturas. No para tener razón, sino para entender. Y otras veces, simplemente, dejar pasar.
Esta mañana casi tengo un accidente. Una furgoneta frenó sin señalizar. Yo podría haber pensado que era un imprudente. Él podría haber pensado que yo iba demasiado rápido. Ambos habríamos tenido “razón”. Pero no pasó nada. Reaccioné, lo esquivé, levantamos la mano en señal de disculpa y seguimos. Sin conflicto. Sin historia. Sin necesidad de ganar.
Y ahí entendí, que no todo merece una interpretación. No todo merece una reacción. Y no todo lo que dicen de mí… merece quedarse conmigo.
