La percepción en el sistema familiar
A menudo caemos en el error de pensar que nuestra identidad es un bloque sólido e inamovible. Sin embargo, la psicología nos enseña que somos seres relacionales. Existimos en el “entre”, un espacio que se crea entre nosotros y el otro. Como madre de dos niñas de 7 y 5 años, vivo esta realidad cada día de una forma constante: vivo en la misma casa con ellas, pero soy dos madres distintas.
La devaluación frente a la idealización
En mi hogar conviven dos versiones de mí misma que parecen no conocerse.
- El espejo de la resistencia (7 años): Mi hija mayor utiliza el humor como una barrera. Sus bromas y su tendencia a devaluar mi trabajo son, quizás, su forma de buscar autonomía o de procesar una neurodivergencia que le hace ver el mundo desde otro prisma. Chocamos porque, en su espejo, veo mis propias sombras, mis dudas y esa “sociedad rota” de la que hablaba en posts anteriores.
- El espejo del refugio (5 años): Por otro lado, la pequeña me tiene idealizada. Para ella, soy un puerto seguro, una figura sin fisuras. En sus ojos soy perfecta, una carga que a veces pesa tanto como la crítica de la mayor.
Es la misma madre, la misma dedicación, pero dos proyecciones opuestas.
La Teoría del Espejo
Para entender por qué mi hija mayor tiende a las bromas pesadas o a la devaluación, debemos acudir a la Teoría del Espejo. Los niños nos utilizan como superficie reflectante para construir su propia identidad. Sin embargo, a veces, ese espejo les devuelve una imagen que no les gusta: una vulnerabilidad que no saben gestionar o una norma que limita su expansión.
Cuando ella “golpea” o devalúa mi trabajo, en realidad está golpeando el marco del espejo. No es un ataque contra mi valía como ser humano, sino una reacción ante lo que yo le devuelvo. Al devaluarme, ella intenta gestionar su propia frustración o buscar una autonomía que todavía no sabe cómo reclamar.
El “Yo” fragmentado
Esta dinámica se vuelve especialmente compleja cuando le sumamos mi propia arquitectura mental. Como he compartido anteriormente, convivo con un ruido mental constante y un motor que no se apaga.
¿Cómo afecta este “yo” fragmentado a la relación? El motor hiperproductivo me empuja a querer resolverlo todo, a buscar la respuesta exacta ya mismo. Pero la devaluación de una hija requiere lo contrario: pausa, silencio y una paciencia que ese motor suele devorar. El ruido mental actúa como una interferencia; cuando ella me lanza una broma pesada, el ruido amplifica la ofensa y el cansancio hace que la “máquina” se sobrecaliente.
Aceptar que mi hija de 5 años me idealiza mientras la de 7 me cuestiona es parte de integrar que no soy un robot programado para una sola función. Soy una persona que se fragmenta y se recompone, intentando que ese motor incansable no atropelle la sensibilidad que ambas, desde sus percepciones opuestas, necesitan de mí.
El reto de la madurez
La clave de la madurez emocional es comprender que no podemos exigir a un niño que sea el adulto de la relación. Yo puedo (y debo) hacer el esfuerzo de mentalizar: entender que su conducta es un síntoma de su desarrollo y no un juicio sobre mi persona.
Aceptar que soy “la madre que no encaja” para una y “la madre perfecta” para la otra es, en definitiva, aceptar mi propia humanidad. El reto no es que ellas me vean igual, sino que yo sea capaz de verlas a ellas más allá de cómo me hacen sentir.
Sin embargo, comprender esta dinámica no es el final del camino, sino el punto de partida de mi compromiso. Como el adulto responsable de esta relación, la gestión de este engranaje emocional me pertenece a mí. No se trata solo de “aguantar” el ruido o el motor, sino de asumir la responsabilidad de acompañar el desarrollo de dos niñas que están aprendiendo a leer el mundo a través de mis reacciones.
Reconozco que para ser el puerto seguro de una y el espejo sereno de la otra, primero debo trabajar en la reparación de mi propia estructura. Trato mis vulnerabilidades y pongo nombre a mis procesos no solo para que ellas tengan una madre más presente, sino también por mí. Porque la calidad del acompañamiento que les brindo está íntimamente ligada a la compasión con la que me trato a mí misma.
