Durante años consideré este concepto como parte esencial de la manifestación artística. Ese empuje que nos lleva a la expresión más pura de lo que llevamos dentro. Para mí, resultaba algo trasnochado, oscuro, poético, algo que está en nuestro interior desde el nacimiento, algo que no se puede aprender, practicar o fingir, algo que acaba saliendo y expresando una necesidad que batalla por salir. No obstante, después de todo este tiempo de estudio, me di cuenta de que era algo diferente. ¿Acaso estábamos entendiendo mal al autor?
Hay una verdad que no se encuentra en los manuales de diagnóstico, ni en la fría estadística de un test proyectivo. Es una verdad que no entiende de hemisferios cerebrales, sino de una quemadura en la planta de los pies. Lorca lo llamaba “duende”.
En una consulta, el duende no es el síntoma; es la grieta por donde respira la herida. Si la psicología es el estudio del alma, el duende es el alma cuando se atreve a mirarse al espejo sin maquillaje. No es la inteligencia emocional equilibrada, es el impulso que nos empuja a existir cuando todo parece vacío.
El duende es el encuentro con nuestra propia sombra. Es ese instante en que el paciente, cansado de las palabras vacías, deja caer la máscara y permite que su dolor cante. Porque el duende no viene si no ve una posibilidad de muerte, si no sabe que la casa está abierta y que el ego ha bajado la guardia.
Por eso, no basta con “sanar”. Hay que invitar al duende a sentarse a nuestro lado. Hay que entender que la salud mental no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de bailar con nuestros propios fantasmas. El duende es la resiliencia que nace del barro y que nos recuerda que, para ser luz, primero hay que haber quemado toda la madera de nuestra propia oscuridad.
Porque al final, lo más esencial no es el ajuste perfecto a la norma. Lo más esencial es ese pellizco, esa herida que no cierra, ese duende que nos habita y que nos susurra que estar vivo es, ante todo, un acto de valor incalculable.
