El eco del confinamiento: ¿Seguimos esperando el próximo desastre?

Parece que el mundo se ha quedado con el oído pegado a la pared, esperando escuchar el primer síntoma de la próxima catástrofe. Cuando leemos sobre el…

El eco del confinamiento: ¿Seguimos esperando el próximo desastre?

Parece que el mundo se ha quedado con el oído pegado a la pared, esperando escuchar el primer síntoma de la próxima catástrofe. 

Cuando leemos sobre el Hantavirus o cualquier otra alerta sanitaria, estamos activando una memoria corporal que sigue latente. Es una especie de estrés postraumático social. El problema es que, en este estado de alerta constante (hiperviligancia colectiva), la línea entre la precaución y el pánico se desdibuja casi por completo.

Nuestra mente funciona por asociación. El COVID-19 fue un evento tan disruptivo que cambió la forma en que interpretamos la incertidumbre. Antes, un brote vírico en otra parte del mundo era un dato curioso en el telediario; hoy, es una amenaza inminente a nuestra libertad y a nuestra salud. Esta “alerta de origen nuclear” —esa que nace de lo más profundo de nuestro instinto de supervivencia— nos mantiene en vilo, pero rara vez nos hace más sabios, más asertivos, más conscientes.

Existe una diferencia crucial entre estar asustados y estar preparados. El miedo es una reacción visceral, un pulso acelerado ante el titular de un periódico. El aprendizaje, en cambio, requiere silencio y perspectiva, algo que la inmediatez de las redes sociales no nos permite.

A menudo confundimos el hecho de estar “informados” (que suele ser un consumo ansioso de datos) con tener herramientas para gestionar la realidad. Nos hemos vuelto expertos en anticipar el caos, pero seguimos siendo aprendices en el arte de gestionar la calma.

Para dejar de vivir en el escenario del “qué pasaría si…”, necesitamos reconocer que nuestra respuesta de miedo es, en gran medida, un residuo del pasado. Es el cuerpo intentando protegernos de un golpe que ya recibió. El reto actual no es solo vigilar al virus de turno, sino vigilar cómo reacciona nuestro sistema ante la incertidumbre para que la prudencia no se convierta en una cárcel emocional.

Si esto te resonó, hay más.

Una vez al mes envío un ensayo que no verás en redes. Sin ruido, sin urgencia. También puedes seguir la conversación en Instagram.

Seguir en Instagram Explorar más entradas