Hoy vengo a hablar de mi experiencia
Hoy vengo a hablar de mi experiencia, una que está siendo muy importante para mí y que estoy a punto de cerrar. Mis palabras no buscan nada en concreto, pues es más “soltar” y dejar evidencia escrita, no un mensaje extraño de autoayuda.
Considero que la palabra es poderosa pero el pensamiento lo es más aún, si cabe. No quiero decir que no podamos manifestar “mantras” que nos permitan avanzar: Yo puedo, yo soy capaz, NADA me puede parar. Es importante que seamos capaces de decirnos cosas buenas y hacerlo con la intención de mantenernos motivados.
El tema está en que, por mucho que ponga en mi pared frases apoteósicas cargadas de buenos propósitos, mi pensamiento decide ir por libre. Ahí está mi dificultad.
La dificultad de creer en aquello que leo, en aquello que escribo, en aquello que me digo. Mi pensamiento vuelve siempre a lo que conoció, como si aferrarse a ello fuera el único camino posible para existir, para continuar con una existencia que ni siquiera pedí.
El verdadero conflicto
Estos últimos meses han sido complicados, con un trabajo personal detrás importante. He tratado varios aspectos que me resultaban dilemáticos en el día a día y que tenían un trasfondo más enredado de lo que imaginaba.
Me di cuenta, que el más importante de ellos, no era tanto lo que me había pasado, sino cómo yo entendía lo que me había sucedido, cómo lo estaba acoplando a mis esquemas mentales y cómo me estaba afectando…
Mi mayor “problema” era mi pensamiento rígido.
¿Parece obvio, no? Lo tenía delante todo este tiempo y seguramente cualquier otra persona lo habría visto antes. Pero no estamos hablando ahora mismo de si somos más o menos capaces de darnos cuenta, sino de la forma en la que afrontamos, aprendida o no, a los obstáculos de la vida.
Me encanta el castellano, hay múltiples formas de entender la palabra “problema”. No es casualidad que a partir de ahora evite el término, quiero hacerlo porque realmente considero que ya no tiene cabida en mi propio esquema, en mi yo presente y futuro.
Por lo que no deseo entender “problema” como un “problema”. Busco algo más parecido a un reencuadre cognitivo, otra forma de relacionarme con los “problemas” sin que éstos sean mis enemigos. No te niego, pero te quito poder en mi mente para encontrar alternativas que me permitan lidiar contigo.
El bloqueo mental y la flexibilidad
Pero volvamos a lo que importa: al bloqueo mental, a esta idea instaurada, a cómo pude conseguir que mi perspectiva de la vida fuera otra.
¿Cómo conseguí la “flexibilidad mental”?
Cuando empecé con el tratamiento DBT mis expectativas eran conservadoras. Realmente empecé pensando que el cambio era posible, quería creer firmemente en ello.
Punto a favor, pensaréis, para que el pronóstico acabe siendo bueno. Sí, y no.
Lo que quiero decir es que es fundamental mantener la mente abierta, porque entra mucha información valiosa, la cual se debe recibir, procesar, analizar, mirar de forma crítica y finalmente integrar en el pensamiento.
Toda una carrera de fondo, podríais opinar. Y sí, lo fue.
Años intentando sobrevivir
Llevo muchos años, ni los recuerdo ya, dando tumbos y haciendo maniobras para seguir funcionando en este mundo de la forma más eficiente posible.
Casi como un autómata, pero con mucho sufrimiento detrás.
Una terapia más o menos parecía que no iba a marcar la diferencia, pero por intentarlo que no quede. Algunos llamarán a eso “mente positiva”, pero yo la voy a llamar “mente optimista” y quiero destacar esa distinción.
El concepto positivo para mí está anclado en la acción, en el aquí y ahora, en actúo sobre algo que ha sucedido de la mejor manera posible. Incluso puede llevarnos a invalidar lo que sentimos porque: todo saldrá bien, punto. Te sientas bien o no. Se “fuerza” de alguna manera el pensamiento.
El concepto de optimismo se asemeja más a lo que me sucedió, a mi expectativa de “futuro”, no desde la acción, sino desde el pensamiento, desde un “seguro que saldrá bien si”, no llevándome a tener que realizar un acto, pero sí a “modificar” en cierta manera mi propia programación mental, buscar una flexibilización cognitiva a partir de la curiosidad y la apertura a alternativas, darle paso a las posibilidades.
Desenredar la mente
Sigamos.
Antes he dicho que mi pensamiento era mi punto débil, por lo que parecía razonable convertirlo en algo distinto para conseguir una mejora.
He intentado muchas veces transformar pensamientos acusadores y culposos en palabras de aliento, en ánimos, en un “tú puedes”, pero nada sirvió hasta que no empecé a “desenredar” mi cabeza. A soltar el control.
Y no es que haya entrado en ella y deshecho nudos como un buen scout, sino que fue algo más largo y mentalmente agotador porque cada semana, después de terapia, entraba en mi cerebro una idea nueva, una forma distinta de ver a los demás, una valoración diferente de mí misma…
Todo esto, durante 6 meses.
Os aseguro que ha sido lo más duro que he hecho en toda mi vida.
Los tres tipos de mente
Nos hablaron al principio de los tres tipos de mente:
- Racional
- Emocional
- Integrada
La racional nos lleva a usar casi siempre la mente fría.
La emocional nos lleva a usar casi siempre lo que nos dice el corazón (siendo amables).
Y la integrada, en cambio, nos convierte en “funambulistas”.
Imagina que una persona está encima de una cuerda, tiene que caminar encima de ella y pasar de un lado a otro, cargando por un lado con el peso de la mente racional y por otro con el peso de la mente emocional.
De tal manera que esta pobre persona tiene a la cuerda como su camino de vida y la necesidad imperiosa de equilibrar ambos pesos, como una balanza, para llegar de un lado a otro porque si no literalmente “se muere”.
¿Exagerado? Sí, pero visualmente muy claro.
El momento del “¿Y si?”
Parte del proceso de flexibilizar e integrar la mente pasó por su propio duelo, duelo que se convirtió en curiosidad y que dio paso a la idea de:
¿Y sí?
Esa frase tan corta me permitió empezar a probar diferentes alternativas ante un pensamiento que pasaba la mayor parte del tiempo desbordado.
Un ejemplo cotidiano
Pongámonos prácticos.
Imagina que te despiertas un día, sales de casa, vas al trabajo, llegas cansada a casa y, sorpresa, no tienes las llaves para entrar.
En un momento de mi vida habría maldecido a todos mis ancestros, aporreado la puerta, gritado como histérica porque lo que me estaba pasando era lo peor del universo.
Qué tonta.
Cómo ha sido esto posible.
Si siempre lo hago todo bien.
Siempre está todo CONTROLADO.
Bien.
Pues si entramos en modo funambulista, por un lado suelto la emoción, esa que me embarga, porque estoy cansada y es normal que me sienta enfadada, frustrada, culpable, etc.
Y pido: mente racional, ayúdame.
Recuerdo entonces que no vivo sola, que en cuanto llegue la otra persona tendrá un juego de llaves y muy a malas, recuerdo que unos familiares también tienen mis llaves y por último, puedo llamar a un cerrajero.
Pero claro, estoy cansada y tengo que esperar…
Pues espero.
Desde ese punto, respiro, me calmo, realizo las gestiones pertinentes y consigo entrar en casa.
A la mañana siguiente cuento esto en el trabajo como una anécdota graciosa.
Un apunte:
¿Qué hice para no dejarme las llaves otra vez?
Ponerlas todas (las de mi casa y las del coche) en una cinta y colgarlas en mi cuello cada mañana.
Caminar por la cuerda
Puede que este ejemplo sea una nimiedad, pero es algo que nos ha pasado a todos y si no te ha pasado, te pasará, y está bien.
Esta forma de accionar intento extrapolarla a cada circunstancia que me encuentro.
Hay días que puedo caminar por la cuerda con más o menos gracia, pero otras veces me tiro yo misma al vacío.
Eso también es flexibilizar y, si te pones quisquilloso, hasta tiene su punto de mente integrada.
¿Por qué?
Pues bien, yo reconozco que tengo un mal día, no me escondo pero me cuido, protejo mi mente y mi cuerpo, anticipo en la medida que puedo.
Afronto, sola o en compañía, lo que está sucediendo y al día siguiente, vuelta a empezar. O si quieres volver a empezar una semana después, lo importante es “salir”.
No he escondido lo que siento pero le pongo “mente racional” al resto del proceso.
Reparar lo que destruimos
Un aspecto más sobre el que me gustaría hablar es el de “reparar” aquello que “destruimos”.
Muchas veces nos sentimos culpables por aquello que hacemos a otros o a nosotros mismos.
No es un deseo imperioso ir por la vida haciendo daño, pues volvemos a esa forma conflictiva de afrontar las circunstancias de la vida, pero lo que sí resulta imperioso es “reparar” aquello que nos hace sentir “mal”.
Pedir perdón es esencial.
Explicitar lo que nos pasa no es una justificación, es un “te abro mi corazón” para que conozcas un poco de mí y que, incluso, si tú te sientes mal alguna vez, veas que es posible parar, sopesar y volver a empezar.
Tampoco estoy diciendo que debamos pedir perdón por todo, pues también hay tendencia a creer que todo lo hacemos mal.
En estos casos, también vale la pena usar la mente integrada.
Para acabar
Para acabar, quiero resumir este trabajo realizado los últimos meses en unas pocas ideas:
- Suelta el control.
- No todo lo que pasa por nuestra mente pasa en la vida real, ni lo bueno ni lo malo.
- Los múltiples escenarios están bien, si somos capaces de verlos como oportunidades y no como hechos factibles que van a suceder, todos a la vez.
- Es muy útil observarse a uno mismo en diferentes momentos. Un simple registro podría ayudarnos a ordenar nuestras ideas y a reconocer las conductas derivadas.
- No hay nada de malo en las emociones, en ninguna de ellas. Estamos vivos y hay un por qué para sentirlas. Vale la pena observar, entender y aceptar, para conseguir desenredar nudos.
- No podemos determinar las conductas de otros. Tantas personas, tantas personalidades, tantas formas de expresar lo que uno siente, tantas formas de afrontar las circunstancias. Vale la pena utilizar la mente racional, de forma que podamos llegar a mentalizar sobre el otro, no para justificarlo, sino para entender la riqueza de las interacciones sociales.
- No estás solo. Te tienes a ti, y créeme que es mucho.
