Intento evitar el “siempre” a toda costa desde que integré la mentalización en mi día a día, pero como voy a hablar de algo que me sucede desde hace muchos años, me permitiré ser absoluta por esta vez.
Desde siempre me he sentido así. Es una constante que no ha variado y, lo que es más frustrante, son tres aspectos que no han cedido ni siquiera en terapia. Por eso sigo buscando una respuesta a todo este “lío” mental.
Como mencioné en otro artículo, tengo una hija neurodivergente con la que me siento especialmente unida. Entiendo lo que le sucede, pero me angustia no tener las respuestas que necesita para sentirse integrada en el mundo. ¿Cómo le digo que no le pasa nada malo, que esto no determinará su futuro o que no se sentirá aislada, si son muros que yo misma no he podido saltar? Mi visión pesimista del mundo me impide ser sincera, y no hay nada que deteste más que no poder ser honesta con ellas. Maquillo la realidad porque una niña de siete años no necesita conocer las grietas de esta sociedad rota. ¿Cómo le explico que su cerebro vino programado para no encajar?
Todo esto me lleva a esos “asuntos” sin resolver a los cuales necesito, por fin, darles un nombre:
1. El ruido mental
No hablo de alucinaciones ni de un desorden que me haga perder el control. Es, simplemente, un amplificador a todo volumen. En los días de especial sensibilidad, se convierte en un terror: salir de casa, interactuar con desconocidos o incluso mantener la máscara de amabilidad ante las personas que aprecio se vuelve una tarea titánica.
Ese ruido no cesa, ni siquiera cuando duermo. Es una amalgama de lo externo y lo interno ocurriendo a la vez; algo que soy capaz de “contener”, pero cuyo origen desconozco. Tras años de distintas terapias, ninguna ha logrado que el volumen baje. No sé si es sobreestimulación, pero es un handicap absoluto para la concentración. De hecho, debería estar estudiando ahora mismo, pero el ruido era tal que he tenido que parar para escribir esto.
2. El motor que no se apaga
Tal cual. Soy una especie de máquina hiperproductiva que teme apagarse; como si, de hacerlo, el motor decidiera no encenderse nunca más. Las etapas en las que no he cultivado mi intelecto han sido las más oscuras de mi vida: me invadía una sensación de vacío y una percepción creciente de “estupidez”.
A veces siento que soy un robot y no un ser humano. Este motor perpetuo me lleva a un cansancio crónico. Ojalá pudiera expresar con fidelidad lo desesperante que resulta. Imaginad, por un momento, sumar esto al ruido mental anterior.
3. Debería estar haciendo más
La guinda del pastel es la idea constante de que “debería estar haciendo más” para saciar el ruido o alimentar el motor. No puedo estar quieta. Necesito el cambio constante, el estímulo, el conocimiento… como si mi cerebro tuviera la ambición de albergar toda la información del mundo.
Es paradójico, porque mi memoria es limitada, pero me apasiona aprender cualquier cosa que se cruce en mi camino (siempre que no sea para un examen). Disfruto encontrando respuestas, analizando cada detalle de la realidad y buscando la solución exacta para el momento preciso.
He vivido con este engranaje interno desde que tengo uso de razón. Por eso, al mirar a mi hija, el orgullo se ve empañado por un pensamiento intrusivo: el temor a que, en algún momento, ella también pueda romperse como yo.
Es difícil de asimilar que mi propia máquina de procesamiento, la que siempre busca la solución a todo, no tenga la respuesta exacta para este presente.
