Duele ver a alguien rendirse justo cuando tú estás aprendiendo a resistir.
Esta semana quería hablar de otros temas, pero la noticia de Noelia me ha cambiado completamente la perspectiva.
La información en los medios llega a cuentagotas. No conozco todos los datos, ni todos los detalles, ni toda la historia. Por eso no puedo emitir una opinión cerrada basada en evidencias. Y tampoco quiero hacerlo. No quiero entrar hoy en el debate de si estoy a favor o en contra de la eutanasia. Ese no es el punto.
Escribo esto el día 26 de Marzo.
El día en que se le aplicará el procedimiento, y ahora mismo solo pienso en ella.
Pienso en ese momento. En lo que puede pasar por su cabeza en el preciso instante en que todo termine. Noelia no volverá a despertar. Podrá descansar. Podrá dejar de sufrir.
Se acabarán las palabras de consuelo, se acabarán las miradas de lástima, se acabará la compasión ajena. Se acabarán también las opiniones gratuitas, los juicios, las discusiones eternas sobre si vale o no la pena luchar por la vida en determinadas circunstancias.
Solo pienso en ella. En el alivio. Y, sinceramente, deseo de corazón que encuentre paz allá donde vaya. Pero inevitablemente mi pensamiento se desplaza hacia otra parte: hacia el sistema.
No sé exactamente todo lo que ocurrió, pero sí lo suficiente como para sentir rabia. Noelia fue brutalmente atacada por unos individuos que le robaron algo más que su seguridad. Le robaron su vida tal y como la conocía, su identidad. Una vida que ya era complicada de por sí. Después de aquello, intentó acabar con su vida lanzándose desde un quinto piso.
No murió.
Sobrevivió.
Pero… ¿a qué precio?
Una vida es una vida. Todas son valiosas. Pero a veces surge una pregunta incómoda que nadie quiere formular en voz alta: ¿valiosas para quién?
Hace unos días escribí sobre Xavi Argemí. Él convivía con el dolor, con limitaciones enormes, con un sufrimiento físico que muchos no soportaríamos. Y, sin embargo, eligió vivir bajo sus propias reglas, abrazado a su fe, sostenido por el amor de su familia. Encontró una forma de vivir incluso dentro del dolor.
Pero ¿y Noelia?
¿Cómo fue su vida después de todo aquello?
Imagino ese momento en el hospital. Ese instante en el que uno abre los ojos esperando que todo haya terminado… y descubre que sigue aquí.
Que el intento no funcionó. Que la vida continúa. Pero ahora en una silla de ruedas. Con una calidad de vida profundamente limitada. Siendo todavía tan joven.
Qué momento tan duro debió ser ese.
Otra oportunidad. Pero también una carga enorme.
Hay muchos casos como el suyo en el mundo. Pero este llega en un momento extraño, como si fuera el final de una película más que el comienzo de otra. A veces incluso yo misma tengo pensamientos oscuros. Momentos en los que siento que ciertos capítulos se cierran. Que todo se encamina hacia un final inevitable.
A veces uno se pregunta: ¿y ahora qué?
Es un pensamiento angustioso.
Doloroso.
Inquietante.
Pero hay algo que no deberíamos olvidar. La vida existe porque es una lucha innata y constante, desde el primer segundo.
Desde ese pequeño espermatozoide que compite con otros tantos millones para llegar primero. Desde ese instante en el que la vida comienza ya peleando. Luego creces, te nutres del cuerpo de tu madre, incluso llegas a enfermarla mientras tu organismo se abre paso. Todo en ti está programado para sobrevivir.
Naces.
Y la lucha continúa.
Respiras.
Te adaptas.
Te levantas.
La vida no se detiene mientras sigas respirando.
Por eso el instinto de supervivencia no es una frase bonita ni un eslogan motivacional. Es algo mucho más profundo. Más antiguo que cualquier ideología, que cualquier debate moral.
Es biología.
Es ese impulso silencioso que aparece incluso cuando todo parece perdido.
Muchas personas que han estado al borde del abismo lo han sentido. Ese momento en el que, cuando ya no queda nada, algo dentro de ti todavía susurra: aguanta un poco más.
Un día más.
Una respiración más.
Por eso duele tanto pensar que en Noelia ese impulso ya no esté. No porque la juzgue. No porque no entienda su sufrimiento. Sino porque es profundamente triste que alguien llegue a un punto en el que ni siquiera ese último resorte de vida encuentre ya un lugar donde agarrarse.
Te entiendo, Noelia. Entiendo que quieras dejar de sufrir. Pero también siento una tristeza inmensa al pensar que quizá el sistema, la sociedad o simplemente la vida misma te fallaron demasiado pronto.
Porque incluso en los momentos más oscuros, cuando todo parece cerrado, la vida a veces sigue empujando desde dentro.
Y cuando ese empuje desaparece, algo en el mundo se rompe un poco.
Hoy comparto ese dolor contigo.
