Vuela

Hoy os quiero compartir un poema que escribí hace algunos años, concretamente el 30 de mayo de 2022. Ese mismo año aparecieron momentos de "bloqueo", casi…

Vuela

Hoy os quiero compartir un poema que escribí hace algunos años, concretamente el 30 de mayo de 2022. 

Ese mismo año aparecieron momentos de “bloqueo”, casi siempre después de unas cefaleas persistentes. Los profesionales no parecían encontrar un foco “físico”, por lo que se determinó que era algo “mental”. 

Un día, me vino a la cabeza la escena de un ave volando en el cielo, con movimiento errático, pero parecía estar tranquila. Tenía la sensación de querer volar con ella también, de “evadirme” en ese momento de todo lo que estaba sintiendo:

Vuela

Mi mente vuela hacia lugares que desconoce,

Y no alcanza a ver lo que sucede después.

Sólo vuela, suspendida y luego se posa, como si no estuviera.

Podrías intentar darle de comer,

Aunque sea para ver si está viva,

Pero no reacciona, permanece inmutable, se muestra ajena.

Lo suyo, es suyo por pleno derecho,

De esa idea nadie la mueve.

Vuela hacia el siguiente lugar, que tampoco reconoce,

Aunque tampoco busca llegar más allá.

Tampoco busca permanecer mucho tiempo allí,

No encuentra lugar.

Sólo vuela, suspendida, se posa, se despereza

Y hace como si no existiera.

Quizás debas zarandearla un poco.

No es demasiado bueno que se sienta tan ajena.

La vida, las circunstancias, las contrariedades, existen.

Pero ella es en sí misma, vuela, suspendida

Y con facilidad se desorienta.

Lo suyo, es suyo por pleno derecho,

De esa idea nadie la mueve.

Después de volver a leerlo, unos años después, me vienen a la mente 3 reflexiones acerca del significado de mis propias palabras:

1. La disociación

La disociación es el “cortacircuitos” del cerebro. Cuando las circunstancias, el dolor o las contrariedades de la vida se vuelven abrumadoras, la mente hace como si no existiera.

Nos desconecta del cuerpo y del entorno para protegernos del impacto. En ese estado, la persona se percibe a sí misma ajena a su propia vida. Pero aquí reside la trampa de la disociación: nos convence de que estamos “volando” por encima del dolor, cuando en realidad estamos flotando a la deriva, incapaces de tocar tierra y, por tanto, incapaces de avanzar. Nos salva del sufrimiento inmediato, pero nos roba la capacidad de vivir el presente.

2. La apatía

“Podrías intentar darle de comer… pero no reacciona”.

Junto a la disociación, suele aparecer un profundo vaciado emocional. La mente ha gastado tanta energía intentando sobrevivir al ruido externo o interno que entra en modo de ahorro de energía. Es una apatía que no siempre se ve como tristeza, sino como un letargo. La persona no busca llegar más allá, no porque no quiera, sino porque el depósito está vacío. Las intervenciones externas (“zarandearla un poco” o “darle de comer”) chocan con un muro de inercia, porque el sistema está demasiado exhausto para procesar estímulos nuevos.

3. La rigidez cognitiva

“Lo suyo, es suyo por pleno derecho, / De esa idea nadie la mueve”.

Paradójicamente, una mente que vuela desorientada puede ser también una mente extremadamente rígida. Cuando todo alrededor parece caótico o doloroso, la psique se aferra obstinadamente a su propia desconexión como única certeza. Esa rigidez es lo que nos impide ver que el cambio es posible. Nos atrincheramos en nuestra propia alienación y rechazamos la mano que intenta bajarnos a la tierra.

Visto ahora, zarandear a esa mente suspendida no es un acto de crueldad, sino un acto de amor terapéutico: es el intento de devolverla a la vida, con todas sus contrariedades, para que recuerde que sentir, aunque duela, es la única forma de volver a ser dueña de su propio rumbo.

Si esto te resonó, hay más.

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